A pesar de todo, sigo creyendo.
Y no lo digo desde la ingenuidad de quien cierra
los ojos para no ver lo que ocurre. Los tengo abiertos. Miro el mundo, escucho
sus ruidos y algunas noches también me pregunto hacia dónde estamos caminando.
Nos anuncian meteoritos, catástrofes y amenazas.
Vemos guerras que creíamos pertenecientes a los libros de Historia. Observamos
cómo resurgen discursos que pensábamos enterrados bajo las cenizas de un pasado
terrible. Palabras, gestos y comportamientos que recuerdan demasiado a tiempos
que nunca deberían regresar.
Porque la humanidad ya conoció el Holocausto.
Ya conoció las guerras mundiales.
Ya conoció pueblos enfrentados contra pueblos,
hermanos contra hermanos y vecinos contra vecinos.
España también conoce demasiado bien aquella
herida abierta en 1936.
Y uno se pregunta:
¿De verdad necesitamos repetir el dolor para
recordar lo que aprendimos de él?
A pesar de todo, sigo creyendo.
Me preocupa ver cómo se debilitan algunos de los
pilares que tanto costó construir. La sanidad pública, la educación, los
servicios sociales, la atención a nuestros mayores y la dependencia no son
simples partidas de un presupuesto. Son algo mucho más importante: representan
la dignidad de una sociedad.
Me preocupa que demasiadas veces el dinero pueda
más que las personas.
Que los intereses de unos pocos pretendan decidir
el destino de muchos.
Que la corrupción atraviese fronteras, gobiernos,
instituciones y negocios.
Que convirtamos al ser humano en una cifra y
olvidemos que detrás de cada número existe una vida, una familia, una historia,
un sueño.
Pero, aun viendo todo eso, me niego a aceptar
que este sea inevitablemente nuestro destino.
Porque también existe otra humanidad.
Está mucho más cerca de nosotros y, aunque hace
menos ruido, es inmensamente más numerosa.
Es la humanidad de quien se levanta cada mañana
para trabajar honradamente.
La del médico que sigue cuidando.
La del maestro que continúa enseñando.
La del investigador que busca una cura.
La de quien acompaña a una persona mayor.
La del bombero que entra cuando los demás salen.
La del voluntario que entrega su tiempo.
La de quien abre la puerta de su casa.
La del que comparte su pan.
La de millones de padres y madres intentando
enseñar a sus hijos que respetar al diferente sigue siendo una de las formas
más hermosas de ser humano.
Ellos también son el mundo.
Nosotros también somos el mundo.
Y quizá ahí se encuentre la esperanza que tantas
veces buscamos fuera.
No vendrá necesariamente de un gran despacho, de
una cumbre internacional ni de un poderoso salvador.
Tal vez el cambio empiece mucho más abajo.
En nosotros.
En recuperar la palabra.
En escuchar antes de gritar.
En pensar antes de odiar.
En ayudar antes de juzgar.
En educar para convivir y no para enfrentarnos.
En comprender que ninguna bandera debería valer
más que una vida y que ninguna ideología debería arrebatarnos nuestra
humanidad.
Tenemos algo extraordinario que quienes vivieron
los capítulos más oscuros de nuestra historia no tuvieron: su memoria.
Sabemos adónde conduce el odio.
Sabemos lo que ocurre cuando dejamos de mirar al
otro como persona.
Sabemos qué sucede cuando el miedo se convierte
en herramienta de poder.
Precisamente por eso podemos elegir otro camino.
No estamos condenados a repetir la Historia.
También podemos cambiarla.
Y tenemos pruebas de que somos capaces.
La humanidad ha vencido enfermedades que parecían
invencibles. Ha conseguido que millones de niños que antes no alcanzaban la
edad adulta puedan hoy crecer, estudiar, enamorarse y hacerse mayores. Hemos
multiplicado el conocimiento, derribado prejuicios, reconocido derechos y
aprendido a cuidarnos mucho mejor de lo que supieron hacerlo quienes nos
precedieron.
Nada de aquello llegó como un regalo.
Alguien luchó antes para conseguirlo.
Alguien soñó cuando parecía imposible.
Alguien dijo no cuando todos callaban.
Alguien encendió una pequeña luz.
Y quizás esa sea nuestra responsabilidad ahora.
Mantener encendida la luz.
Porque la esperanza no consiste en creer que todo
irá bien.
La esperanza consiste en saber que algo puede ir
mal y decidir trabajar para cambiarlo.
No es cerrar los ojos ante la oscuridad.
Es abrirlos completamente y buscar dónde encender
una lámpara.
Por eso, frente al miedo, elijo la serenidad.
Frente al odio, elijo el encuentro.
Frente a quienes quieren dividirnos, elijo la
palabra.
Frente a la corrupción, la honradez.
Frente a la indiferencia, la solidaridad.
Frente a la guerra, la paz.
Frente al egoísmo, el amor.
Y frente a quienes pretenden convencernos de que
nada puede cambiar, quiero responder con una certeza sencilla:
la Historia todavía no está escrita.
La escribimos cada día.
La escribimos cuando votamos, cuando educamos,
cuando trabajamos, cuando cuidamos, cuando protestamos ante una injusticia,
cuando ayudamos a alguien que no conocemos, cuando perdonamos, cuando abrazamos
y también cuando somos capaces de decir: hasta aquí.
Quizá nunca consigamos un mundo perfecto.
Pero podemos conseguir un mundo mejor.
Y eso basta para empezar.
Mientras exista una persona dispuesta a cuidar a
otra, habrá esperanza.
Mientras exista alguien capaz de indignarse ante
una injusticia, habrá esperanza.
Mientras un niño abra un libro, una mujer o un
hombre planten un árbol, alguien componga una canción, escriba un poema, cure
una herida o tienda una mano, habrá esperanza.
Mientras todavía seamos capaces de emocionarnos
ante un amanecer, ante el mar, ante una flor que nace entre las piedras o ante
la mirada de alguien a quien queremos, la humanidad seguirá teniendo una
oportunidad.
Por eso hoy, a pesar del ruido, de las guerras,
de los intereses, de los errores y de nuestros propios miedos, quiero seguir
creyendo.
Creyendo en las personas.
Creyendo en la bondad silenciosa.
Creyendo en la educación.
Creyendo en la ciencia.
Creyendo en la justicia.
Creyendo en la democracia.
Creyendo en la palabra.
Creyendo en el amor.
Porque tal vez el futuro no necesite héroes
extraordinarios.
Tal vez necesite simplemente millones de
personas normales haciendo pequeñas cosas extraordinariamente humanas.
Y mientras quede una sola de ellas dispuesta a
encender una luz en mitad de la oscuridad, habrá una razón para continuar.
Una razón para levantarnos mañana.
Una razón para intentarlo nuevamente.
Una razón para mirar hacia delante.
A pesar de todo.
A.Y