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martes, 27 de octubre de 2026

El veneno de vivir odiando

 

El cielo arde, pero no guarda rencor
Quiero decir: Hasta el cielo parece incendiarse al caer la tarde, pero su fuego no nace del odio. Arde en belleza, ilumina y se despide en paz. Qué diferente del ser humano que permite que el rencor lo consuma por dentro, olvidando que también podría transformar sus propias sombras en luz.

 

Mi reflexión sobre el rencor, los celos, la envidia y la lenta destrucción de uno mismo.

Hay personas que, sin que nadie alcance a comprender por qué, deciden convertir su existencia en una batalla contra los demás. Viven alimentando un odio que no siempre tiene explicación, un rencor que crece sin motivo aparente, unos celos que les consumen y una envidia que les impide reconocer la felicidad ajena.

Y lo más triste es que, mientras creen estar haciendo daño a otros, son ellas mismas quienes se van destruyendo lentamente.

El odio es un huésped cruel. Entra silenciosamente en el pensamiento, se acomoda en el corazón y termina ocupando cada rincón de la existencia. No necesita grandes razones para sobrevivir. Le basta con una interpretación equivocada, una comparación absurda o la incapacidad de aceptar que otros puedan vivir en paz.

Entonces comienza la decadencia.

La alegría ajena se convierte en una ofensa. Los logros de los demás parecen una provocación. Una sonrisa despierta sospechas, una palabra amable se interpreta como falsedad y cualquier gesto termina siendo motivo para alimentar una nueva dosis de resentimiento.

Qué terrible manera de desperdiciar la vida.

Porque vivir pendiente de aquello que se desprecia es, en realidad, una forma de esclavitud. Quien odia entrega su libertad emocional a aquello que dice detestar. Quien envidia renuncia a disfrutar de lo que tiene. Quien vive dominado por los celos termina viendo enemigos donde quizá nunca los hubo.

Y así, poco a poco, el alma se va empobreciendo.

Algunos buscan refugio en sustancias que prometen apagar durante unas horas el ruido de su conciencia. Otros se esconden detrás de la soberbia, del desprecio, de las palabras hirientes o de una superioridad fingida que apenas consigue disimular su profunda insatisfacción.

Pero ningún refugio de esa naturaleza cura el vacío interior. A lo sumo, lo adormece.

Y cuando desaparece el efecto de aquello que momentáneamente les permite escapar, allí continúa todo: la frustración, la amargura, el resentimiento y esa insoportable necesidad de encontrar culpables fuera de sí mismos.

Lo verdaderamente doloroso es comprender que nadie les obliga a vivir de semejante manera.

La vida, con todas sus dificultades, también ofrece oportunidades para reconciliarse con uno mismo, para aprender a perdonar, para reconocer los errores y para descubrir que la felicidad de los demás no representa ninguna amenaza para la propia.

Sin embargo, hay quienes prefieren conservar sus heridas abiertas antes que renunciar al orgullo que las alimenta.

Confunden la dignidad con la arrogancia, la fortaleza con la agresividad y el amor propio con la necesidad de humillar.

No comprenden que despreciar a alguien no les hace superiores, que sembrar discordia no les concede la razón y que intentar apagar la luz de otra persona jamás iluminará su propia oscuridad.

Y mientras tanto, el tiempo sigue pasando.

Se pierden abrazos, conversaciones, afectos sinceros, oportunidades de amar y momentos irrepetibles. Se envejece por dentro mucho antes de que el cuerpo anuncie el paso de los años. La amargura se convierte en costumbre y la soledad, aunque esté rodeada de gente, termina instalándose en lo más profundo del ser.

Porque hay una manera de morir lentamente sin dejar de respirar: permitir que el odio ocupe el lugar donde debería habitar la vida.

Qué poco sentido tiene llegar al final del camino cargando una mochila llena de rencores que nunca sirvieron para nada. Qué triste descubrir, quizá demasiado tarde, que se dedicaron más esfuerzos a despreciar que a querer, más pensamientos a envidiar que a construir y más tiempo a destruir que a disfrutar.

Nadie gana una batalla contra los demás cuando, para librarla, tiene que destruir su propia paz.

Tal vez la mayor derrota del ser humano no sea perder aquello que desea, sino perder la capacidad de alegrarse por lo que tiene y por lo bueno que les sucede a quienes le rodean.

Porque la vida no nos concede eternidad para rectificar.

No todas las hojas eligen el mismo color
Quiero decir: En un mismo árbol conviven hojas verdes y rojizas, diferentes en apariencia, pero unidas por las mismas raíces. Ninguna necesita apagar el color de las otras para mostrar su propia belleza.

Qué distinta sería la vida si el ser humano comprendiera que la felicidad ajena no le arrebata la suya, que la envidia no le hace crecer y que el rencor solo marchita aquello que todavía podría florecer en su interior.

 

Y llegará un día en que ya no importarán las discusiones, las rivalidades, los celos ni las razones que cada cual creyó tener para odiar. Solo quedará la huella de lo vivido, el cariño que supimos entregar y la paz que fuimos capaces de construir.

El odio nunca será una victoria. La envidia nunca será una virtud. El rencor nunca será un refugio. Y el desprecio jamás será una demostración de grandeza.

Al final, quien aprende a vivir sin odiar no necesariamente tiene una vida más fácil, pero sí posee algo infinitamente más valioso: la libertad de no permitir que la oscuridad de sus sentimientos gobierne su existencia.

Porque no hay mayor pobreza que tener el corazón lleno de veneno, ni mayor riqueza que poder acostarse cada noche sin desearle mal a nadie.

Y si algo merece la pena aprender antes de que sea demasiado tarde, es que la vida es demasiado breve para malgastarla odiando a quienes podríamos, sencillamente, dejar vivir.

Que cada cual elija qué quiere llevar dentro. Porque aquello que alimentamos en nuestro corazón termina convirtiéndose en nuestra manera de vivir.


La luz que el odio no puede apagar

Que cada cual se quede con aquello que cultiva en su interior. Yo prefiero la paz de una conciencia tranquila a la amarga eternidad de un corazón lleno de odio 

Quiero decir: Hasta en la noche más oscura, la luna encuentra un espacio entre las nubes para regalar su luz. No lucha contra las sombras, no las desprecia ni necesita vencerlas. Simplemente continúa brillando.

Así debería caminar el ser humano por la vida: sin permitir que el odio ajeno oscurezca su corazón, sin cargar con rencores que no le pertenecen y sin malgastar su existencia intentando comprender la amargura de quienes han renunciado a vivir en paz.

Porque, al final, las nubes pasan, la oscuridad se desvanece y la luz permanece.

Y quien ha aprendido a vivir sin odiar, incluso en medio de la oscuridad, nunca deja de ser libre.

Un abrazo. A.Y 

sábado, 19 de septiembre de 2026

A MI HERMANA CARMENZA

CON CARMENZA

A MI HERMANA CARMENZA.

Hoy, 19 septiembre hace un año de tu partida al territorio de la eternidad. Un año desde que emprendiste ese viaje hacia tu nueva casa, esa casa que ya conocíamos pero que no recordábamos, esa que quiero imaginar cerca de la mía, porque estoy convencido de que, en algún momento, cuando corresponda, volveremos a encontrarnos.

Parece mentira cómo vuela el tiempo. Y quizá lo más triste sea comprobar lo poco que, a veces, sabemos aprovecharlo. Nos faltan horas para querernos más, para decirnos lo que sentimos, para abrazarnos sin motivo y para guardar esos pequeños instantes maravillosos que, al final, son los que verdaderamente construyen una vida.

Hoy recuerdo nuestra infancia. Una infancia difícil en algunos momentos, pero, dentro de lo que cabe, dichosa. Éramos niños creciendo, aprendiendo a vivir casi sin darnos cuenta, descubriendo poco a poco este extraño mundo hecho tantas veces de razones sin razón.

Ha pasado un año y todavía me resulta increíble pensar que ya no escucharé aquellos audios que me enviabas. Me contabas cómo estabas, cómo iba tu salud, tus preocupaciones, tus días… Pero también me hablabas con enorme orgullo de tus hijos y de tu marido.

Y hoy quiero decirte algo, Carmenza.

Puedo certificar, ahora más que nunca, que tenías motivos de sobra para sentirte orgullosa. Tus hijos son una joya. Son maravillosos. Han crecido aprendiendo de la vida y, sobre todo, aprendieron muy bien de ti. Me encantan y me emociona descubrir en ellos tantas cosas que hablan de la mujer y de la madre que fuiste.

Y tu marido sigue adelante. Es un gran hombre, una persona humilde, cercana, siempre dispuesta a encontrar una sonrisa incluso cuando la vida aprieta. Continúa caminando con ese coraje necesario para levantarse cada mañana, aunque tú le faltes. Dentro de lo que cabe, está bien. Y sé que también en él tu recuerdo permanecerá para siempre.

Porque hay personas que se marchan, pero no desaparecen.

Permanecen en una fotografía, en una palabra, en una canción, en un gesto inesperado, en una conversación que recordamos de repente o en ese instante en que cerramos los ojos y somos capaces de regresar muchos años atrás.

Por eso hoy te mando, allí donde estés, esta fotografía tomada en La Faya, Villa de Mazo, allá por 1978.

Mírala bien, Carmenza.

Éramos nosotros.

Éramos jóvenes, teníamos casi toda la vida por delante y seguramente no sabíamos lo rápido que iba a pasar.

Y ahora, tantos años después, comprendo que la verdadera eternidad quizá consista precisamente en eso: en permanecer vivos en el corazón de quienes nos quisieron.

Hoy hace un año que te fuiste.

Yo sigo por aquí, caminando, aprendiendo y recordándote.

Y tranquila, hermana… NO LLORES  pinchar sobre el enlace.

No ha llovido tanto desde aquella fotografía, porque el diluvio bueno todavía está por llegar.

(Risas).

Hasta que volvamos a encontrarnos.

Un abrazo enorme, Carmenza.
Allá donde estés.

Tu hermano, Arturo Yanes
EL APRENDIZ

jueves, 27 de agosto de 2026

A pesar de todo

LA ESPERANZA

A pesar de todo, sigo creyendo.

Y no lo digo desde la ingenuidad de quien cierra los ojos para no ver lo que ocurre. Los tengo abiertos. Miro el mundo, escucho sus ruidos y algunas noches también me pregunto hacia dónde estamos caminando.

Nos anuncian meteoritos, catástrofes y amenazas. Vemos guerras que creíamos pertenecientes a los libros de Historia. Observamos cómo resurgen discursos que pensábamos enterrados bajo las cenizas de un pasado terrible. Palabras, gestos y comportamientos que recuerdan demasiado a tiempos que nunca deberían regresar.

Porque la humanidad ya conoció el Holocausto.

Ya conoció las guerras mundiales.

Ya conoció pueblos enfrentados contra pueblos, hermanos contra hermanos y vecinos contra vecinos.

España también conoce demasiado bien aquella herida abierta en 1936.

Y uno se pregunta:

¿De verdad necesitamos repetir el dolor para recordar lo que aprendimos de él?

A pesar de todo, sigo creyendo.

Me preocupa ver cómo se debilitan algunos de los pilares que tanto costó construir. La sanidad pública, la educación, los servicios sociales, la atención a nuestros mayores y la dependencia no son simples partidas de un presupuesto. Son algo mucho más importante: representan la dignidad de una sociedad.

Me preocupa que demasiadas veces el dinero pueda más que las personas.

Que los intereses de unos pocos pretendan decidir el destino de muchos.

Que la corrupción atraviese fronteras, gobiernos, instituciones y negocios.

Que convirtamos al ser humano en una cifra y olvidemos que detrás de cada número existe una vida, una familia, una historia, un sueño.

Pero, aun viendo todo eso, me niego a aceptar que este sea inevitablemente nuestro destino.

Porque también existe otra humanidad.

Está mucho más cerca de nosotros y, aunque hace menos ruido, es inmensamente más numerosa.

Es la humanidad de quien se levanta cada mañana para trabajar honradamente.

La del médico que sigue cuidando.

La del maestro que continúa enseñando.

La del investigador que busca una cura.

La de quien acompaña a una persona mayor.

La del bombero que entra cuando los demás salen.

La del voluntario que entrega su tiempo.

La de quien abre la puerta de su casa.

La del que comparte su pan.

La de millones de padres y madres intentando enseñar a sus hijos que respetar al diferente sigue siendo una de las formas más hermosas de ser humano.

Ellos también son el mundo.

Nosotros también somos el mundo.

Y quizá ahí se encuentre la esperanza que tantas veces buscamos fuera.

No vendrá necesariamente de un gran despacho, de una cumbre internacional ni de un poderoso salvador.

Tal vez el cambio empiece mucho más abajo.

En nosotros.

En recuperar la palabra.

En escuchar antes de gritar.

En pensar antes de odiar.

En ayudar antes de juzgar.

En educar para convivir y no para enfrentarnos.

En comprender que ninguna bandera debería valer más que una vida y que ninguna ideología debería arrebatarnos nuestra humanidad.

Tenemos algo extraordinario que quienes vivieron los capítulos más oscuros de nuestra historia no tuvieron: su memoria.

Sabemos adónde conduce el odio.

Sabemos lo que ocurre cuando dejamos de mirar al otro como persona.

Sabemos qué sucede cuando el miedo se convierte en herramienta de poder.

Precisamente por eso podemos elegir otro camino.

No estamos condenados a repetir la Historia.

También podemos cambiarla.

Y tenemos pruebas de que somos capaces.

La humanidad ha vencido enfermedades que parecían invencibles. Ha conseguido que millones de niños que antes no alcanzaban la edad adulta puedan hoy crecer, estudiar, enamorarse y hacerse mayores. Hemos multiplicado el conocimiento, derribado prejuicios, reconocido derechos y aprendido a cuidarnos mucho mejor de lo que supieron hacerlo quienes nos precedieron.

Nada de aquello llegó como un regalo.

Alguien luchó antes para conseguirlo.

Alguien soñó cuando parecía imposible.

Alguien dijo no cuando todos callaban.

Alguien encendió una pequeña luz.

Y quizás esa sea nuestra responsabilidad ahora.

Mantener encendida la luz.

Porque la esperanza no consiste en creer que todo irá bien.

La esperanza consiste en saber que algo puede ir mal y decidir trabajar para cambiarlo.

No es cerrar los ojos ante la oscuridad.

Es abrirlos completamente y buscar dónde encender una lámpara.

Por eso, frente al miedo, elijo la serenidad.

Frente al odio, elijo el encuentro.

Frente a quienes quieren dividirnos, elijo la palabra.

Frente a la corrupción, la honradez.

Frente a la indiferencia, la solidaridad.

Frente a la guerra, la paz.

Frente al egoísmo, el amor.

Y frente a quienes pretenden convencernos de que nada puede cambiar, quiero responder con una certeza sencilla:

la Historia todavía no está escrita.

La escribimos cada día.

La escribimos cuando votamos, cuando educamos, cuando trabajamos, cuando cuidamos, cuando protestamos ante una injusticia, cuando ayudamos a alguien que no conocemos, cuando perdonamos, cuando abrazamos y también cuando somos capaces de decir: hasta aquí.

Quizá nunca consigamos un mundo perfecto.

Pero podemos conseguir un mundo mejor.

Y eso basta para empezar.

Mientras exista una persona dispuesta a cuidar a otra, habrá esperanza.

Mientras exista alguien capaz de indignarse ante una injusticia, habrá esperanza.

Mientras un niño abra un libro, una mujer o un hombre planten un árbol, alguien componga una canción, escriba un poema, cure una herida o tienda una mano, habrá esperanza.

Mientras todavía seamos capaces de emocionarnos ante un amanecer, ante el mar, ante una flor que nace entre las piedras o ante la mirada de alguien a quien queremos, la humanidad seguirá teniendo una oportunidad.

Por eso hoy, a pesar del ruido, de las guerras, de los intereses, de los errores y de nuestros propios miedos, quiero seguir creyendo.

Creyendo en las personas.

Creyendo en la bondad silenciosa.

Creyendo en la educación.

Creyendo en la ciencia.

Creyendo en la justicia.

Creyendo en la democracia.

Creyendo en la palabra.

Creyendo en el amor.

Porque tal vez el futuro no necesite héroes extraordinarios.

Tal vez necesite simplemente millones de personas normales haciendo pequeñas cosas extraordinariamente humanas.

Y mientras quede una sola de ellas dispuesta a encender una luz en mitad de la oscuridad, habrá una razón para continuar.

Una razón para levantarnos mañana.

Una razón para intentarlo nuevamente.

Una razón para mirar hacia delante.

A pesar de todo.

A.Y

jueves, 30 de julio de 2026

El umbral del alma

 

 

El umbral del alma
Cuando Daniel era joven, creía que el amor consistía en estar siempre disponible. Respondía cada llamada, acudía a cada petición y encontraba tiempo para todos, incluso cuando ya no le quedaba tiempo para sí mismo. Pensaba que decir "sí" era una forma de demostrar cariño y que insistir una y otra vez acabaría despertando el afecto de quienes parecían distantes.

Con el paso de los años, empezó a notar un extraño cansancio. No era físico. Era un desgaste silencioso, el de quien entrega sin descanso mientras recibe apenas unas migajas de atención. Había personas que solo aparecían cuando necesitaban algo. Después desaparecían como las hojas que el viento arrastra sin mirar atrás.

Un día, sentado frente al mar, observó cómo las olas llegaban una tras otra hasta la orilla. Ninguna insistía en quedarse donde no podía permanecer. Venían, acariciaban la arena y regresaban al océano con la misma serenidad con la que habían llegado.

Aquella imagen le enseñó una verdad que nadie le había explicado.

Comprendió que la vida no consiste en perseguir a quienes no desean caminar a tu lado. Que la energía no es un manantial infinito y que cada palabra, cada gesto y cada minuto entregados tienen un valor inmenso.

Desde entonces dejó de llamar donde nunca respondían. Dejó de justificar silencios prolongados y afectos interesados. No cerró puertas por orgullo ni levantó muros por rencor. Simplemente aprendió a dejar abiertas únicamente aquellas ventanas por donde también entraba la luz.

Algunos interpretaron su cambio como frialdad. Otros pensaron que se había vuelto distante. Pero Daniel sabía que no era así. Había descubierto que cuidar de uno mismo también es una forma de amar.

Porque quien siempre se abandona para sostener a los demás termina perdiéndose.

Y quien aprende a poner límites no deja de ser generoso; simplemente deja de regalar aquello que necesita para seguir viviendo con plenitud.

Con el tiempo llegaron personas diferentes. No pedían permiso para entrar en su vida porque nunca intentaban invadirla. Llegaban con respeto, permanecían con lealtad y compartían el peso de los días difíciles. Ya no había que mendigar atención, porque la verdadera reciprocidad nunca necesita ser suplicada.

Fue entonces cuando Daniel entendió que el acceso al corazón no es un derecho que todos poseen, sino un privilegio que se gana con hechos, con presencia y con verdad.

Y aquella tarde, mientras el sol desaparecía tras el horizonte, sonrió en silencio.

Había tardado muchos años en comprenderlo, pero al fin había encontrado la paz que nace cuando uno deja de perseguir a quienes no miran atrás y comienza, por fin, a caminar de la mano de quien también elige caminar contigo.

Salud para todos. Un abrazo. A.Y 

lunes, 29 de junio de 2026

EL DESIERTO

 

EL DESIERTO

Como si no existiera. Como si no respirara, ni caminara con la firmeza de sus propios pasos, el joven fue apartado de la convivencia con hermanos, primos y buena parte de su familia. También algunos amigos desaparecieron, diluyéndose en el silencio de las ausencias.

Las alas de la soledad regresaron una vez más para llevarse el último polvo del camino, ese que aún conservaba el recuerdo de lo vivido. Sin embargo, el anhelo por la vida jamás abandonó su corazón.

Porque el desierto, aunque parezca un lugar inhóspito, enseña a caminar con mayor verdad. Allí se piensa mejor. Se escucha el alma sin interferencias. Se avanza más ligero, liberado del peso de la mentira, de la hipocresía y de la mala fe.

El joven sobrevivió a aquello de lo que muchos jamás logran regresar. No murió. Eligió vivir.

Con valentía se apartó de la mediocridad, del ruido estéril y de la lanzadera de serpientes que alimentan el veneno de los resentimientos.

Y comprendió que, a veces, el desierto no es un castigo, sino el lugar donde la dignidad aprende a florecer. Porque solo quien ha sido capaz de atravesar la inmensidad de la soledad sin perder la bondad de su corazón descubre que la verdadera victoria no consiste en vencer a los demás, sino en no dejar de ser uno mismo.

 Un abrazo. A.Y