Nadie sabía su nombre completo. En el barrio lo llamaban simplemente Don Julián, aunque de don tenía poco, al menos en lo material. Sus bolsillos estaban siempre vacíos, pero su andar era tranquilo, como si llevara dentro un secreto que los demás no alcanzaban a entender.
Vivía en una casita vieja, con paredes que se descascaraban como la piel de un árbol cansado. El techo goteaba cuando llovía, y en invierno el frío entraba por las rendijas como un visitante inoportuno. Sin embargo, cada vez que alguien lo saludaba en la calle, él respondía con una sonrisa amplia, de esas que parecen encender un fuego pequeño en medio de la rutina gris.
No tenía dinero, ni lujos, ni cuentas en el banco. Pero tenía algo que muchos no: tiempo y atención para los demás. Si veía a un niño con la bicicleta rota, se agachaba a arreglarla, aunque tardara horas. Si una vecina lloraba en silencio, él se sentaba cerca sin preguntar nada, dejando que el silencio compartido hiciera su trabajo.
Algunos lo miraban con desprecio, pensando que era un fracasado. Otros, con envidia, porque intuían que esa paz que irradiaba no podía comprarse. Don Julián no discutía con nadie. No necesitaba defenderse: había aprendido que la pobreza verdadera no era la falta de dinero, sino la falta de compasión.
Una tarde, mientras el sol se escondía entre los tejados, un niño le preguntó:
—Don Julián, ¿usted por qué sonríe tanto si es pobre?
Él lo miró con ternura y respondió:
—Porque soy rico en lo único que me puedo llevar cuando me muera: lo que di, no lo que guardé.
Y el niño, aunque no lo entendió del todo, sintió que esas palabras eran como semillas que algún día florecerían.
Salud y disfrute para todos. Un abrazo. A.Y